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CALLE VEINTIUNO DE MAYO


(Ex Calle de la Neveria)
LA CALLE empezó por tener el nombre del contador Antonio Azócar, su principal vecino,
en 1616. Pero, cuando las costumbres impusieron el color local, se llamó “de la
Pescadería”, pues en la plazoleta donde estaba el quiosco de flores, y a lo largo de la
calleja estrechada por los contrafuertes del templo de Santo Domingo, se establecieron
las primeras ventas de pescado. Los jueves era el día consagrado para el expendio, en
vísperas del ayuno siguiente, y, como el pescado tenía un derecho municipal, sólo en esa
vez se permitía su venta. Al atardecer, en la hora en que el esquilón de la Catedral
comenzaba a llamar a “Escuela de Cristo”, poblábase de rumores la calleja, escuchándose
por todas partes el grito: ”!A pescado!, ¡a pescado!” Los clientes en su mayor parte legos
y magnates, acudían presurosos a la plazuela a abastecerse en las chiguas costinas.
Sabían que en los días de vigilia se expendía en escasa cantidad en el mercado, no
siendo permitido venderlo en otra parte, y mucho menos en las calles, donde los
revendedores eran perseguidos por los alguaciles. En el apiñamiento, solían los legos de
los conventos apoderarse de las chiguas enteras para hacer granjería de su venta,
produciendo su audacia alboroto entre el poblado que no podía pagar el subido precio
que ellos pedían. El trajín de los muleros y la lucha de los compradores formaban tal
rebujiña y clamoreo, que los magnates preferían pagarles a los legos la diferencia con tal
de regresar antes que obscureciese, arrastrando por la vereda, con donairosa elegancia,
las sabrosas corvinas cuaresmales de Papudo o los enormes congrios de Cartagena.
La calle, que en tales días cobraba tanta vida por su comercio, en otros se hacía tétrica
por las procesiones de ajusticiados que pasaban en dirección del camposanto de la
Caridad. Entonces eran tan numerosas las víctimas que hacía el crimen en la capital, que
el muy poderoso caballero Cano de Aponte, a la sazón Gobernador del reino, secundado
por el corregidor don Juan Jerónimo de Salas y la Cofradía de San Antonio de Padua,
construyó una capilla y camposanto de la Caridad para adoctrinar a los detenidos en la
cárcel y enterrar a los que morían por el puñal o la horca.
La inauguración de este cementerio, situado a dos cuadras de la Plaza Real, tuvo lugar el
día 9 de julio de 1726, trayéndose en procesión del cadalso vecino, con gran aparato de
alguaciles, a toque de caja, el cuerpo de un ajusticiado que venía delante del caballo de
un ayuco para recibir cristiana sepultación. Era el de un famoso bebedor que, cuando se
emborrachaba en las bodegas, tenía la costumbre de sacar a relucir un enorme y afilado
“cuchillo belduque”, para trabar pendencia y dejar tendido de un golpe a más de un
conmilitón.
Después escapaba a los alrededores, sin ser hallado, hasta una noche cualquiera en que
volvía a dar cuenta de otra mortal cuchillada.
La Caridad, un siglo después, se transformó en un taller de huérfanas, y donde estaba el
enterratorio se levantó una gótica capilla que, en los años de 1920 al 25, fue centro de
moda de los rumbosos matrimonios de la capital. El contraste necesitó dos siglos de
gestación, y los felices desposados que ayer salieron del templo, bajo el arco de rosas de
la marcha nupcial de Mendelssohn, para comenzar la vida, ignoraron que allí era donde
antes ésta terminaba. La monjitas de la Caridad, sin embargo, supieron ganar las gracias
espirituales de la piedad con los cofrades de San Antonio de Padua, repartiendo dones y
ternezas que sus manos beatísimas no disimularon al fabricar las tortas de novia y de
bautizo, las castañas y chaguales confitados, como las ponderadas empanadas
domingueras, donde más de una vez hicimos cola esperando la segunda hornada
matinal.
La antigua calle de la Pescadería en el siglo XIX cambió su nombre de pila. En los
primeros tendales, entrando por la Plaza de Armas, se habían establecidos numerosos
vendedores de nieve, y en las épocas del verano la ciudad entera venía en busca de los
blancos trozos que de la cordillera de Las Condes traían las recuas de mulas en sus
chiguas apretadas de paja. El hielo entonces no se conocía, y por tal motivo, las
dificultades del viaje hacían de la nieve una cosa muy apreciada, vendiéndose al peso en
enormes balanzas cuyos platos de cobre pasaban en constante barullo y tintineo. Las
nuevas generaciones, sabias ya en la fabricación de los refrescos y de los helados, le
dieron por segundo nombre uno que evocase más el encanto de los blancos y purificados
trozos de agua de la cordillera, llamándola “calle de la Neveria”.
Otro lugar que está íntimamente vinculado a la historia de la calle era la Plaza de Abasto
(Mercado Municipal), que se inauguró con una exposición y un gran baile en las
postrimerías del siglo pasado. En ese mismo terreno, que perteneció al convento de los
dominicos, estuvo antes la plaza del Basural, donde después se colocó el rollo.
El nombre de “21 de Mayo” que tiene ahora está destinado a glorificar una de las
epopeyas más grandes de nuestra historia naval; pero quien pase por allí y sepa extraer
el tufillo que dejaron nuestros abuelos en los numerosos baratillos y tendales, encontrará
aún un residuo lejano de la antigua y popular “calle de la Nevería”.
Fuente:
Libro “Santiago Calles Viejas” de Sady Zañartu


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