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CALLE AGUSTINAS


(Ex Calle calle de Las Agustinas)
Hoy no hay monjas ni casas viejas que recuerden el solar donde nació su nombre y
albergó por más de tres siglos de existencia el baluarte de la limpia Concepción de María.
El monasterio se fundó en el año 1576, bajo la piedad ilustrada y generosa del Obispo
Medellín y de una noble matrona llamada doña Francisca Terrín de Guzmán. La iglesia
plantó un bastión en la esquina sudponiente con la de Ahumada, y fue reconstruida
después del terremoto del año 1947. Sus murallones colindaban con la Cañada de San
Francisco.
Era la fundación más extensa y rica de la ciudad. Durante todo el siglo XVII habían
acumulado Las Agustinas poderíos y riquezas, hasta decirse del monasterio que podía
competir “en santidad y número con los de Europa”. Sólo entre monjas y criadas
encerraba cuatrocientos almas; sus celdas eran costosas, con cocina y recamara por
separado, y se vendían sus derechos de llaves, fuera de la dote, en tres y cuatro mil
pesos. Los patios los llamaban en el reino “un jardín de Dios”.
La vida interior trascendía a la calle en la labia de las mulatas que traían el bizcocho; iba
y tornaba el chismecillo del estrado y la hablilla de las madres que narraban asombrosos
casos de santidad que la villa conoció por “cuentos de monjas”.
El monasterio solemnizaba la fiesta de San Agustín y la de Corpus Cristi con comidas que
distribuían profusamente entre sus hermanas y devotos. En la calle, durante el acto,
frente a la portería, prendían luminarias y fuegos artificiales para atraer al pueblo a su
regocijo.
En los nueve días que llamaban “de aguinaldos” las educandas reuníanse en el coro, a la
hora de vísperas y “vestidas exquisitamente, cantaban y danzaban delante de la
multitud, que concurrían a la reja para recrearse con tan maravilloso espectáculo”.
Estas exterioridades que la calle recibía eran la viva inquietud de la casa por su
perfección espiritual y su ansia de manifestarse al mundo. No otra cosa que el buscar
santidad dentro de la santidad fue la idea concebida por algunas madres para fundar un
ermitage en el mismo monasterio, bajo la advocación del Buen Pastor, en lo más retirado
de la huerta, y practicar una abstracción absoluta lejos del trato de los demás. Así
vivieron unas cuantas religiosas, en celdas separadas, privadas de voz activa y pasiva,
gobernadas por una priora, y sólo vistas a la hora de la misa y en el coro de la iglesia.
Estos ejemplos extendían la fama de las Agustinas y a la vez edificaban a las educandas
con prodigios de virtud y perfección. Las religiosas de velos eran jóvenes que
pertenecían a la nobleza del reino, como las niñas que los pobres les confiaban para su
cuidado y enseñanza.
Las Agustinas habían logrado moderar en su vaso místico hasta la dura arcilla de las
mujeres de Arauco. En sus claustros se encontraban conversas algunas naturales. La
historia de la india sor Constanza de San Lorenzo pasaba tremante por los labios del
mestizaje, que no se cansaba de repetirla.
Se contaba de la cautiva que apenas, recibió el bautismo, se exaltó en su alma un odio
intenso al pecado y un deseo ardiente de perfección cristiana. Iba a los templos y
permanecía arrodillada muchas horas cada día. Sabedor el Obispo Medellín de la
fervorosa virtud de la india, deseó conocerla, y haciéndose el encontradizo, en la
Catedral, le preguntó qué hacia allí tan tarde y por que no iba a servir a su amo,
Constanza le respondió llorando, “¿Cómo dejaré solo a mi Señor, cuando por mi amor se
está en ese altar en la hostia consagrada?”.
El Obispo edificado por esta respuesta, creyó justo proteger su religiosidad, la rescató del
poder de su dueño para hacerla ingresar en el monasterio.
Los derrumbes producidos con el terremoto del 13 de mayo de 1647 llevaron las almas al
pavor de un castigo de Dios. La corona de espinas del Señor de la Agonía, que se
veneraba en San Agustín, había descendido hasta el cuello durante los remezones
tremendos y en la imposibilidad de restituirla a la cabeza, trascendía por la calle el vago
anuncio de una nueva hecatombe si volvía a recuperar su sitio. Pero, en el monasterio
de las Agustinas el sacudón había servido para desnudar las almas ante el Dios iracundo.
En la carta dirigida por el Obispo Villarroel a don García Haro y Avellaneda, contaba que,
según los confesores de la santa casa, era constante la opinión que entre monjas, indias
y negras, se hallaron en aquel momento terrífico pecados veniales; y refirió el caso
sorprendente de una monja que le dijo a la abadesa, cuando comenzaba el primer
remezón: “¿lo ve, señora, en el cielo aquella espada y un azote con tres ramales?”.
Pasó mucho tiempo antes que la calle recobrase su antigua alegría con el trajín de las
visitas y demandaderas. La tardía reconstrucción mantuvo en las noches de eco
medroso de las gentes que creían volver a sentir el desgarramiento de la ciudad, y sólo la
campanita del claustro restituía la paz, recordando a los vecinos que las Agustinas
rogaban por justos y pecadores.
El siglo XVIII posó dulce y querendón en el monasterio. Desde el locutorio se divisaban
uno de los siete patios, con su estanque en el centro y de cuyo interior se levantaba una
estatua de piedra de la Virgen Inmaculada, con un surtidor de agua en la que se
quebraba la luz solar formando arco iris.
Había en la fuente un vago perfume del Rey Sol.
La escritora inglesa María Graham, en su visita al monasterio, en 1827, halló en sus
claustros el apacible curso de aquella vida de vísperas. Aunque las hermanas que
estaban muy viejas y feas, no faltó un botón de muestra para recordar su pasado
esplendor: Era una joven de bellos ojos y pálida belleza, que consideró peligrosa para “un
don Juan”. Las ancianas señoras le obsequiaron con mate, el mejor que tomó durante su
estada en Chile, sirviéndole el porongo en bandeja de flores, oloroso a leche y canela, de
modo que ”el gusto y el olfato se deleitaban a la vez”.
En el breve relato que Lady Graham permaneció en el locutorio, oyó más charlas que
“durante un mes”, y observó que las enclaustradas seguían interesándose por las “cosas
de este pícaro mundo”.
En el año 1852 las monjas vendieron la mitad del terreno que ocupaban, dividido ya por
la nueva calle formada para unir a la del Chirimoyo con la de la Moneda.
Las Agustinas, para pasar a su nueva casa y no romper la clausura, hicieron cavar un
subterráneo que atravesó la calle hasta el claustro principal. El frente de su templo quedó
hacia la vía recién abierta y es el que hoy se conserva con su atrio cerrado por cuatro
columnas corintias. En su interior las monjas han dejado el vano de su antiguo coro, y en
cuanto a ellas, impelidas por el hálito arrollador de la ciudad moderna, buscaron su
quietud espiritual en el reino de la Avenida Vicuña Mackenna.
La primitiva manzana del monasterio, durante el año 1805, fue movida con varias
excavaciones para construir los cimientos de los nuevos edificios. Los trabajadores
descubrieron el túnel por donde las hermanas pasaron a su segunda casa, y la fantasía
popular volvió a recordar la leyenda de las bóvedas subterráneas de los jesuitas que
atravesaban la ciudad por sus cuatro costados, entre la Compañía y San Pablo, la Ollería
y San Borja.
Después se encontraron algunos cráneos, vértebras, tibias, omóplatos. Era en el solar
donde se iba a construir el Banco Santiago, esquina sudponiente a la de las Agustinas
con la de Ahumada, luego al profundizar apareció un cadáver momificado que se extrajo
integro de su sepultura. Los restos, por las proporciones del esqueleto, pertenecían a
una mujer. La piel del cráneo conservaba algunos cabellos; se veían los zapatos que
sirvieron en el acto de la inhumación, cuyas suelas se desprendieron al contacto del aire
y quedó solo un cuero fino, de cordobán. El cadáver fue colocado, envuelto en un paño
negro, dentro de una caja de madera y conducido hasta la portería del monasterio, que
dio por segunda vez sagrada sepultura, entre plegarias y toques de campanas, a ese fiel
testimonio de su luengo existencia, conservada en la tierra piadosa, donde otrora se
alzara su iglesia, como para demostrar a las generaciones venideras que, aunque por los
siglos de los siglos, sería eterno el nombre de sus monjas en las calles “de las Agustinas”.
Fuente:
Libro “Santiago Calles Viejas” de Sady Zañartu


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