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CALLE CATEDRAL


(Ex Calle de La Catedral)
Al principio, la Iglesia Mayor se hizo de carrizos y adobes, pero después, como los
caudales crecieron y los ánimos también se ensancharon, compartió las bonanzas del
humilde reino para convertirse en un suntuoso templo de tres naves, construidas con
piedra de sillería. La Catedral ocupaba el costado occidental de la Plaza de Armas, y su
pórtico enfrentaba al norte, en la derecha llamada” de Bartolomé Flores”, en recuerdo del
pechero y soldado alemán que acompañó a Valdivia en la conquista. Esta calle , que
comenzaba en la plaza, se extendía cinco cuadras hacia el poniente, terminando en la
parroquia rural de Santa Ana. En 1850, apenas se recordaba allí el nombre del abuelo de
la Quintrala, pues el templo, que edificara con limosnas don García Hurtado de Mendoza,
se alzaba con su vistosa arquería de piedra blanca, sin que otro en las Indias, le igualara,
dando a la calle su nombre grandilocuente “de la Catedral”.
No estaba aún terminada la iglesia cuando sobrevino el terremoto del año 1647 que asoló
a Santiago, arruinando “obra tan prima” y de tan magnífica fabrica. Sin embargo,
después de un tiempo en que se despejaron los escombros, la misa floreció de nuevo en
las derruidas naves de la Casa de Dios, oyéndola los feligreses desde la plaza y calle
contigua, y en el momento de la elevación, la hostia blanca surgía de entre las ruinas,
como mística siempreviva que llevaba la esperanza y la fe a los corazones afligidos.
En el año 1748 se empezaron de nuevos los trabajos, bajo el gobierno de Ortiz de Rozas,
en el mismo local , pero bajo un plan distinto, pues la Catedral ya no daría su frente a la
calle de su nombre, sino a la Plaza del Rey, tomando, para su mayor extensión, el solar
situado en la esquina de la atravesada, que pertenecía a los bravos caballeros de
Bascuñan y Pineda, y donde anteriormente estaba situado el cementerio parroquial.
El Obispo González Marmolejo puso la primera piedra de esta iglesia en julio 1º de 1748,
y dio para su fundación 43.000 pesos. Incendiada el 29 de diciembre de 1769, los
trabajos de reconstrucción los continuó once años después el Obispo Alday , a los que
contribuyó con doscientos mil pesos. Celebró “ su colocación “ estando aún la fábrica
incompleta. Se había hecho cargo de la obra el célebre arquitecto Toesca, quien concluyó
la antigua fachada copiando el plano de la iglesia de San Juan de Letrán; pero la
construcción del templo continuó por algunos años más, con largas intermitencias, hasta
1830, en que quedó concluida, con excepción del frontispicio. En tanto, algo curioso
pasaba en esta fábrica, permanentemente inconclusa: el pueblo divulgaba la superstición
de que la Catedral no podía ser terminada jamás. A comienzos de este siglo, el Obispo
Casanova quiso darle un aspecto definitivo, cubriendo la piedra patinada con las edades
con la banal arquitectura de la nueva época; sin embargo, no está lejano el día en que
vuelva a surgir la línea eterna con que antaño fue construida, para mayor gloria de Dios y
regocijo de la cristiandad, y una vez más se cumpliría la tradición....
Don Antonio Ramos, que vive en la esquina con la calle del puente, me conduce del brazo
en peregrinación de recuerdos. Es un señor muy perejil, y cuentan de él que, en el año
1850, todavía usaba chape largo, pantalón corto, zapatos con hebilla de plata y capa
color aceituna. No se resignaba a los tiempos del pipiolismo.
Don Antonio se ha puesto solemnísimo:
- Vamos, niño, no me arrastres los tacos; que aún para algo servimos los viejos que no
hemos llegado a verdes.
Y me ha conducido, abriendo el ceremonioso compás de las zancas, calle abajo,
parándose aquí, gesticulando con los brazos allá, persignándose acullá, y, casi siempre,
elevando los ojos hacia el cielo para gimotear contra una juventud que ya no respeta
nada y que acabará por destruir las cosas más santas.
- Esta calle debía haberse llamado “de los colegios”, pues fueron varios los que
sentaron sus reales por estos sitios.
Nos hemos detenido en la esquina de la Bandera; su vista hacia el Congreso y los
jardines que dan a la calle Catedral.
- No hace muchos años, una friolera de setenta nada menos (cualquier muchacho de mi
tiempo tiene hoy día noventa), cuando quedaba un resto del edificio de los jesuitas,
existía aquí un patio que se llamaba el Aula de la Gramática, y que era como una
escuela de las primeras letras a la que asistían los niños de la nobleza. Ese patio tenía
una puerta baja hacia la calle, semejante a la de las cocheras, y en él se alojó el
Batallón de Talaveras durante los años trágicos de la Reconquista, en que lo capitaneó
San Bruno.
“Si la memoria no me acompaña del todo mal, fue a mi señor padre a quien le tocó
presenciar un escena soez en los momentos en que pasaba una dama de muchas
campanillas por la puerta del cuartel. El sargento talavera le gritó desde adentro, entre
las risotadas de sus compañeros: “ !Insurgenta! ¡No te tragara el diablo y te viniera a
vomitar a mi cuadra! “. Pero también me refería a mi padre que un Capitán de Dragones
le contó que, habiendo ido a vender cuando niño manzanas en un canasto a la puerta del
cuartel, le arrebató un tambor una fruta, amenazándolo con cortarle la cabeza si
reclamaba; visto por un superior fue obligado a pasearse durante una hora con su caja a
la espalda, a lo largo de la cuadra, en castigo de su rapacidad.
- ¡Vaya, no parece un talavera de San Bruno el que estaba ese día de guardia!
- ¡ Cosas del destino, porque esos demonios hasta el día de hoy no te dejan de
molestar!
- ¿Cómo así?
- ¡ Ese sitio está infectado! Yo era niño. No tendría diez años y me educaba en el viejo
instituto que estuvo instalado en estos mismos salones. Era condiscípulo mío pero de
más edad, por supuesto, Don Diego Barros Arana. Vea pues, en nuestras jugarretas
del recreo un día se nos ocurrió abrir un cuarto semiescondido en la casona, y que
parecía haber permanecido cerrado una porción de años. Tiramos del mohoso
candado y al penetrar, cual seria nuestro asombro al descubrir una cantidad de
morriones, bandas y demás paramentos que habían pertenecido a los Talaveras.
Felices con el hallazgo, en un santiamén nos repartimos los aborrecidos uniformes
para formar un escuadrón. Yo, como era el más pequeño, elegí un morrión de dos
cuartas de alto, lleno de polvo, pero nunca lo hubiera hecho... ¡ Cómo quedé, hijo
mío! ¡ Cubierto de piojos! Y así todos los compañeros que tuvieron la humorada de
vestirse de talaveras.
“En otra de esas salas funcionó también una escuela de primeras letras, dirigida por un
mocho mercedario que no le iba en zaga a su augusta patrona en lo de dar cordonazos.
Y para confirmar que esta calle debió haberse llamado “de los colegios”, no hay más que
mirar la acera del frente, hacia la casa de don Agustín Edwards. Allí estuvo el de Zapata,
que tenía por costumbre poner en la puerta del zaguán una lista de “los locos” que
educaba. ¡Cómo serían esos zanguangos!
Vamos a llegar a la esquina con Amunátegui. Don Antonio se ha detenido para
contemplar la vieja casona del general don Juan Francisco Gana, que destaca sobre la
esquina sudponiente, con soberbioso gesto, su pilar de piedra.
- ¡Esquina del Peumo! – susurra don Antonio, llevado por un recuerdo de vieja cortesía
-. ¡La casa de misiá Rosarito! ¡ Las primeras cuadrillas bailadas en la juventud! ¡
Cómo ha pasado el tiempo en que les agradaba a las mujeres cuando uno la sacaba a
bailar! Decían que yo las llevaba muy bien.. Dolorcitas, ¡ qué lejos está de mis
pisotones! Estoy desvariando, niño... Esta memoria... ¿qué íbamos hablando? Ya
recuerdo: aquí estuvo, hasta la Independencia, el Colegio de San Carlos, donde se
educó mi padre; el “ Colegio Colorado”, como lo llamaban por el uniforme. Diz que por
primera vez se dio aquí a los nobles una educación científica. Se abrieron clases para
la enseñanza de latín, filosofía, teología y jurisprudencia; y que de sus aulas salieron
esos tres mosqueteros que se llamaron José Miguel Carrera, Manuel Rodríguez y
Diego Portales.
“ Y vea, amiguito, si no tengo razón que esta calle debió llamarse “de los colegios”: mire
hacia allá, en la casa de la derecha, al llegar a la esquina del Sauce: allí tenían su colegio
las beatas Mardones, que enseñaron a leer a los “Ochocientos” (apodo que los Carrera
pusieron a los Larraín), con lo cual las pobres tuvieron para irse calzadas al cielo. Y de
remate, Bello, el gran don Andrés, que hasta hoy día enseña para claridad de la
gramática, vivió sus últimos años en esta calle, en el número 100, frente a la casa de
Matte, el padre de don Domingo.
El sol deja en las techumbres su rayo dorado. Por el balcón alto de la casa de misiá
Rosarito unas manos apresuradas cogen las jaulitas de los pájaros, llevándolas al interior.
La calle se llena de sombras. Hemos caminado hasta la plazoleta de Santa Ana. La vieja y
amazacotada torre se levanta formidable bajo un cielo límpido y verdoso. Es una hora de
vieja sugestión para don Antonio Ramos. Se ha sentado en el borde de la pileta a sorber
con largura una narigada de rapé. Sus ojos reviven en una ronda de niños.
Pasa una mujer de manto con una flores que va a depositar en la hornacina de la Virgen
Inmaculada.
Un lejano resplandor aún mancha la cúpula de la Catedral.
Fuente:
Libro “Santiago Calles Viejas” de Sady Zañartu


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