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CALLE MORANDÉ



(Ex Calle de la botica)

Se avecindo en esta leal villa el año 1720 un matrimonio de repicar gordo. Llamábase el
marido don Juan Francisco Briand de Morigandais y su conjunta era la graciosa doña
Juanita Caxijal y Solar. No hacia mucho tiempo que habían llegado de Concepción,
nombrando don Juan Francisco en el empleo de tesorero general de Cruzada en Chile. Lo
bien aderezado que venía en su puesto, a pesar de ser extranjero, abogaba una
existencia gastada en servicio del Rey, y que andes o no con chiquitas”, hizo grata su
presencia a los conmilitones Santiaguinos.
Don Juan Francisco había arribado a Chile como capitán de una de las fragatas que, con
motivo de la guerra de sucesión, pasaron a América, y obtuvo carta de naturaleza,
después de haber servido en una compañía de caballos que levantó.
En concepción, el francés de Saint-Malo dio en hacer el amor a una hija de Don Mateo
Caxijal y Solar, señor de la casa, mayorazgo de Arcillero y Caxijal y caballero del hábito
de Santiago.
El padre de la niña, que había servido en los tercios de la armada de galeones, no se
mostró desasosegado por esta pasión, como era costumbre, al contrario, las gallardías de
don Juan Francisco le supieron a gavilán corsario. Cayó este en las redes de la hermosa
criolla, y diz que fueron tantos los dengues de doña Juanita, que decidió avecindarse en
el país, aunque fuere necesario perder, en virtud del derecho de aubaine, el señorío de
los Moringadais, que había heredado como hijo legítimo de Juan Briand y Juana
Guillaume, pues los franceses desheredaban de sus títulos a los que se establecían en
reinos extraños.
Don Mateo, en cambio, en los constantes viajes que hacia al perú en busca del “situado”
para proveer la real caja, consiguióle la merced del honorífico empleo de tesorero general
de Cruzada.
El solar en que se alojaron en Santiago estaba situado sobre la Plaza de Armas, y desde
la portada abarcaba sus cuatro costados, encuadrados por las nobles fachadas del
Cabildo seglar, del Palacio de los Gobernadores, de la Iglesia Mayor y de los portalillos de
mercaderes. Del centro de la desmantelada plaza d destacaba una fatídica estaca,
símbolo de la justicia del Rey y terror de los desalmados : la horca.
Doña Juanita nada sabía de la maldad humana. Sus dieciséis años se habían deslizado
mansamente en la lejana ciudad de Concepción. Cuando despertó a las realidades de la
vida, rodrigóle el brazo de su galán un calor más suave que el de sus bordados cojines, y
por eso el día que a través de la ventana de la casa desgarró su visión de un ahorcado,
balanceándose al compás del viento del atardecer, una melancolía extraña se apoderó de
ella. No pudo olvidar la horrible pesadilla. La larga figura colgada del cuello, girando sobre
sí misma, con la cabeza caída sobre el pecho, la llenó de pavor. En las noches, sus
oraciones por el ajusticiamiento eran intermitentes y de sus labios se escapaban gritos
angustiosos que pedían paz para su alma cada vez que, apretándose contra el brazo de
su esposo, se despertaba sobresaltada por la visión del infeliz ahorcado.
Este terror de doña Juanita fue esparciendo un eco medroso en toda la casona, hasta el
extremo de que, llegada la oración, ningún sirviente o esclavo se atrevía a asomarse por
la portañuela, temerosos del ánima del ajusticiado.
Así pasó el tiempo, y parecía ya alejada doña Juanita de todo mal recuerdo, cuando los
redobles de las cajas estremecieron de nuevo su casa, anunciando una nueva pena
capital. Por la calle pasaba una trágica procesión, trayendo montado sobre el palmo de la
rabadilla de un jumento a un nuevo reo que sería ajusticiado. Otra vez, esforzada a traer
la terrible visión pasada, cayó en su extraña postración. Era un rezar constante y no
dejaba día sin comulgar. Su rostro empezó a enmarcarse de una palidez de cera. En las
noches mantenía encendidas las candilejas de todas las habitaciones, y la servidumbre la
acompañaba hasta muy avanzada la madrugada. Don Juan Francisco en balde le daba mil
razones para tranquilizar sus angustias. Doña Juanita no parecía escuchar. Sólo una cosa
pudo hacerla sonreír: la idea de abandonar esa mala vecindad.
No tardó su marido en buscarle nueva casa, y se empeño la halló lo más distante posible
de la Plaza Mayor, en un solar poniente de la ciudad, y en una esquina de la calle
conocida entonces con el nombre de don Francisco Riberos (actual Intendencia), dando
su frontis a una callejuela que subía desde la Cañada hacia los totorales del río, y que
empezó a llamarse esos años con el nombre de “Calle de Morandé”, españolizado el
apellido por el buen entendimiento de la costumbre. Fue así como doña Juanita mejoró
del mal y volvió a ser Todo lo vivaracha que otrora la vieran sus tierras sureñas, al pelar
la pava con el señor de Morigandais, que, a horcajadas sobre la albardilla del paredón de
la huerta, contábale historietas de amor...
La callejuela durmió varios años bajo el espeso polvo acumulado por las ventiscas sobre
las tapias y tejados colindantes, hasta que un nuevo comercio la sacudió de su calmoso
ambiente. Era el trajín que por allí hacía la gente de la botica de los jesuitas, situada
entre la calle de la compañía y de la catedral, en busca de alivio que la farmacopea
consultaba, bajo la mirada sapientísima de su protomédico. Entonces ese
establecimiento era el único que existía en Santiago, por cuanto el Presidente del reino
“estaba en el firme dictamen de que el aumento de las boticas preparaba el aumento de
enfermos, con lastima de ese sano temperamento, en que, sin algunas de estas oficinas,
gozan de una robustisima salud los innumerables habitantes que ha visto desde ésta
hasta Valdivia”. Sin embargo, este criterio bonachón ladinamente se escurría soplando
los manteos jesuitas, y la botica de su claustro máximo expendía por la portería los
olores de las yerbas medicinales del país, a las que oraba en pedir la botica de Su
Majestad, y las drogas de los procedimientos misteriosos por las que iban las viejas
brujas para hacer sus recetas: agua de capón, bálsamo de calabazos, ojos de cangrejo,
sangre de macho, dientes de caballo marino y enjundia de cóndor.
Tanto era el comercio de la botica de los jesuitas el año 1779 que, a pesar de “la
robustísima salud de que gozaban habitantes”, llego a escasear el papel para envolver
los medicamentos, y hubo de pedir por tal motivo a la real audiencia que cediera las
bulas sobrantes para llenar esta falta. No fue concedida por dicho tribunal la
autorización, pues las bulas que quedaban sin trocar se quemaban. Este hecho
demuestra el trajín del poblado en esas cuadras, que por los años de 1788 se conocían
con el nombre de “calle de la botica”. Después de la expulsión de los jesuitas había
subsistido el establecimiento, administrado por un lego, aunque malos tiempos corrían
para el expendio de droga, pues tuvo que ceder el monopolio ante “el aumento de los
enfermos, con lastima de este sano temperamento”. Años mas tarde ocupó el pequeño
claustro el viejo Instituto, y, como ya había desaparecido la antigua botica, el pueblo
volvió a recordar la tradición pasada, y el nombre del señor de Morigandais quedo
enraizado para siempre en el plano de la ciudad del Nuevo Extremo, en memoria de
haber acompañado a su esposa en al muda protesta contra el horror de la justicia de
horca y cuchillo.
Fuente:
Libro “Santiago Calles Viejas” de Sady Zañartu


 

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