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Pueblos Autóctonos


  Las escasas investigaciones arqueológicas, dan cuenta de ocupaciones humanas muy antiguas en este territorio. Los Diaguitas en sucesivas oleadas constituyeron comunidades ante la expansión inca. El Inca Ilabe comandó las fuerzas invasoras que se establecieron entre los ríos Maipo y Mapocho. Él decidió fundar una colonia, tarea que confío a su hijo Tala Canta (en quechua: "Lazo del Hechicero").

 Tala Canta Ilabe tuvo un mandato fructífero y su poder dependía directamente del Inca del Cusco.

 Una vez que la ciudad de Santiago fue fundada por los españoles, se necesitó de madera y mano de obra. Para esto se encomendó al constructor Bartolomé Blumenthal para que la buscase. Fue así como llegó a las tierras de Tala Canta con quien tuvo un excelente entendimiento. Logró el consentimiento para casarse con una de sus nietas: la cacica Elvira de Talagante.

 En el año 1555 Blumenthal castellanizó su apellido, pasando a ser Bartolomé Flores. La familia Flores destacó por su estrecha colaboración con los misioneros franciscanos establecidos en San Francisco de El Monte y su fiel observancia católica. Su hija fue bautizada con el nombre de Águeda Flores, quien heredó todas las posesiones de sus padres.

 Águeda Flores se casó en el oratorio de la casa de sus padres, en el mismo sitio que hoy ocupa la Parroquia, con el capitán Pedro Lisperguer, ambos fueron los abuelos de la Quintrala.

 Entre 1647 y 1730, reiterados movimientos telúricos obligó a los herederos de Águeda Flores a abandonar la zona, dejando a Talagante "como un campo estéril, que hacía honor a la vista por su sequedad".

 María Graham y su Diario de Residencia en Chile

María Graham fue una viajera y estudiosa británica que en 1822 recorrió Chile desde Valparaíso a Santiago, describiendo de esta manera su paso por las localidades de la Provincia de Talagante:

"Como a cinco leguas del vado se encuentra el bonito pueblo de Lonquén, donde el camino va entre una montaña y dos pequeñas colinas que de ella se desprenden. Los cerros de uno y otro lado abundan en grandes rocas que avanzan sobre el camino y forman mesetas, en cada una de las cuales hay una casita con su pequeño jardín, palizadas, fosos, y algunas hasta con sólidos y bien asentados portones que dan acceso a la propiedad. Entramos por uno de éstos, y subimos a la más alta de las dos colinas arriba mencionadas, en cuya cima se halla la casa de Tagle (Don Francisco Ruiz Tagle), el primer presidente de la Convención. Es una pequeña casa de campo con ciertas pretensiones de elegancia, pero deliciosa por su vista, pues domina todo el fértil valle que riega el Maipo. A un lado se ve el elevado cordón de los cerros de San Miguel, al otro la serranía cuyo más alto monte es el de Chocalán, que nos parecería estupendo si no tuviéramos las Andes a la vista."

 "Como a una legua de San Francisco pasamos por el pueblo de indios de Talagante, que se distingue por sus magníficas palmeras, árboles que hacía mucho tiempo que no veía. Aquí fundaron los franciscanos una de sus primeras misiones, transferida más tarde a los jesuitas. Por la expulsión de éstos los negocios espirituales de cacique y sus indios volvieron a los franciscanos, y los temporales quedaron a cargo del jefe civil del distrito. El edificio más notable que se ve al entrar a San Francisco es la casa que perteneció a los jesuitas y actualmente a los Carreras, que tienen en las inmediaciones su principal hacienda."

 "Las mejores casas están cerradas, y ellas y sus vecindades revelan decadencia y abandono. Pertenecieron a los Carreras. Su heredera, doña Javiera, vive ahora desterrada en Montevideo. Fui a la plaza, donde se encuentran la iglesia y el convento de los franciscanos y algunas buenas casas. Me atrajo una gran multitud apiñada en la puerta de una de ellas. Había un grupo de huasos a caballo, con la cabeza descubierta, como si estuvieran ejecutando un acto de devoción. Cuando llegué al centro de la multitud, que me abrió paso cortésmente, vi con no poco asombro nueve personas que danzaban, como dicen los españoles, con mucho compás."

 "Cuando los franciscanos emprendieron la conversión de los indios de estas comarcas centrales, establecieron su convento en Talagante, el pueblo de las palmeras, más arriba mencionado, contando entre sus primeros prosélitos a los caciques de Talagante, Llopeo y Chenigué. No tardaron los buenos padres en descubrir que era más fácil convertir a los indios a una nueva fe que alejarlos de ciertas prácticas supersticiosas de la antigua idolatria, y punto menos que imposible hacerlos renunciar a la danza que en honor de un poder tutelar ejecutaban anualmente bajo el follaje de los canelos. Hubieron, pues, de tolerarles esta práctica, pero deberían ejecutar la danza dentro de los muros del convento y en honor de Nuestra Señora de la Merced."

 -16 de Septiembre-

"Partimos de San Francisco, pasando por Talagante con intención de ir costeando el cerro de San Miguel hasta la hacienda donde el Mapocho sale de la tierra por varios abundantes manantiales. Nos detuvimos á saludar al cacique y compramos algunas pequeñas jarras y fuentes de arcilla roja, con adornos de una tierra mezclada con piritas de hierro que le dan cierta apariencia de polvo de oro.

 Talagante es una aldea muy poblada, y parece que en todas las chozas las mujeres se dedican á la alfarería, Los hombres son soldados, marineros, carreteros, labradores, fuertes y bien conformados, con rostros de marcado tipo araucano. Apenas nos habíamos alejado una legua del pueblo, un violento acceso de tos, que me produjo la ruptura de una vena, me obligó á quedarme atrás de mis compañeros."