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PASEO PUENTE


(Ex Calle Del Puente)
TUVO Santiago un Puente de Cal y Canto que no volverán a ver los siglos venideros. El
poblachón, aplastado por sus aleros interminables, destacaba sobre su riacho once ojos
ciclópeos que avizoraban el valle del Mapocho, como centinelas de la hispana civilización.
Había trazado su plano un alarife del siglo XVIII, don José Antonio Bidart, y encargado de
la fábrica un hombre cuidadoso de la pureza del abolengo como de la argamasa que
cimentaría los macizos de piedra de la obra. Llamábase don Luis Manuel de Zañartu y a la
sazón era el Justicia Mayor y Teniente Lugar de Capitán General. Nada omitió,
desinteresado y enérgico, para hacer del puente un monumento que demostrase la
enjundia vasca de su espíritu. Impulsado por su carácter decidido, reunió más de
doscientos trabajadores diarios, sacados de la cárcel y del vagabundaje, y los hizo purgar
allí sus delitos, acorralados de dos en dos, en las secciones de albañilería, cantería y
herrería. Fueron días penosos para la indiada y el mestizaje, que no conoció otro canto
que el golpe continuo y monótono de la escoda y el chasquear de los látigos de los
sobrestantes. Pero la obra apareció suntuosa, soberbia de alzarse sin auxilio de las arcas
reales, elevando sobre la ciudad el dovelaje que sustentaba la vía que iba a unir las dos
márgenes del Mapocho, y a traer de la Chimba, el Salto del Agua, Quilicura y la Dehesa
los olores rústicos de sus hortalizas y viñas y el cantar de sus picanas campesinas en el
arreo de las yuntas. El costo de la obra no pasó de 200.000 pesos, debido a su celo de
Corregidor, que miraba la ciudad como suya.
La rampa sur del puente vino a enfrentar con el costado norponiente de la Plaza Mayor,
llegando su declive hasta las calles de Zañartu y San Pablo.
La calle de Zañartu, que se formó por el caprichoso trajín de la Plaza de Abastos, hizo
esquina con el rancherío riberano, antes de llegar a San Pablo, y dejó aislada a una casita
que ostentaba en el alto un tejadillo de dos aguas. Sobre el enroñado portalón un
balconete miraba hacia el lecho del río, dominando el panorama de la cordillera y toda la
magnífica vista del puente. Había sido construida por el Corregidor Zañartu para el solo
destino de mirador de la obra. Allí se encaramaba en las tardes a contemplar con sus
catalejos los diferentes trabajos, siguiendo con apasionamiento las incidencias de los
picadores, herreros y albañiles. Su presencia en el balconete inspiraba terror a los
obreros, que en su mayoría formaban una siniestra cadena de condenados a trabajos
forzados. El Corregidor, que era de genio sumamente irritable, daba desde allí a los
celadores, con voz de calvatrueno, las órdenes de castigo que llegaban al presidio
provisional levantado en la otra ribera. Muchas veces bastó vérsele asomar por la
baranda de la casuca para terminar con más de una sublevación de presos, pues éstos
temían que bajase hasta la obra misma, donde solía dirimir la cuestión por su propia
mano, con golpes de látigo y disparos de trabuco.
El pueblo, para dar fe de la solidez del puente, refería que en la argamasa con que se
unió la piedra y el ladrillo se echaron nada menos que las claras de quinientos mil
huevos.
Una vida nueva comenzó en torno de la rampa del Puente de Zañartu; por la anchurosa
vía, abierta al comercio colonial, vino primero el acopio cotidiano de las chacarillas de los
contornos, con su tropel de bueyes, caballos, mulas y borricos. Después fueron los
viajeros que arribaban de Valparaíso y de la “otra banda”, en sus cuartagos y acémilas,
cargadas de almofreces y petacas; el tráfico de negreros; el comercio de la caña del Perú
y la yerba del Paraguay, todo el emporio provincial, que los cambistas mercaban en
buenas monedas de plata macuquina. De esta manera se formó en la rampa sur una
febril actividad que con el transcurso de los años se hizo extensiva a la antigua calle “del
Presidente”, que salía a la Plaza de Armas, y cuyo nombre se le daba por estar en la
esquina encontrada con la Catedral el viejo Palacio de los Presidentes, más conocido por
las Cajas. Anteriormente tuvo otro nombre de pila, llamándose “calle del Bachiller”, acaso
porque un señor muy dado a la plática sobre cánones y leyes se aposento allí; pero
cuando el puente vino a enseñorearse del camino, era más bien un callejón reservado del
Presidente. En el lugar donde se encontraba el Cuartel General de Bombas, daban las
caballerizas del palacio o el Picadero, que fue Cuartel de Dragones.
El verdadero origen del nombre que iba a tomar la calle estaba en la gran rampa sur.
Siguiendo su línea, se habían levantado numerosas casas, almacenes y tendales
enfrentando la antigua plaza del Basural, convertida ya en plaza de abastos. La esquina
sudponiente de la calle de San Pablo avanzaba sobre la vía con su pilar de piedra como si
fuese a encerrar ese rincón, privilegio de las vituallas, para preservarlo de la codicia
lugareña. Sin embargo, como allí había más tránsito que en la ciudad entera, el rumor
continuo de los pregones se escapaba por la angosta calle del Presidente poblándola de
gritos, en los que en muchas veces participaban los chimberos de “patas peladas” que
venían del otrolado del río, llena la boca de juventud y malas palabras.
El puente hizo de la calle un tránsito abierto a las esperanzas y los desconsuelos. Sirvió
de vía de amarguras cuando el vecindario sólo atinó a huir, camino de Mendoza, después
del desastre de Rancagua, y fue el puente de gloria cuando las huestes de Chacabuco
bajaron por la rampa sur hacia la Plaza de Armas, dejando en las bóvedas de su arquería
el eco de los clarines y cajas.
En una casa de esa calle quedó prisionera una parte de la oficialidad del Burgos, el más
veterano de los cuerpos españoles; el bravo Ordoñez, Primo de Rivera, jefe de estado
mayor, los coroneles Morla y Morgado, antes de salir desterrados ala ciudad puntana de
San Luis.
Por ese tiempo fincó su casa allí, en el número 3, frente a la Plaza de Abastos, el general
don José Ignacio Zenteno, Ministro de Guerra y Marina de O’Higgins y organizador de la
Escuadra Libertadora del Perú.
Años más tarde, el comerciante don Francisco Javier Herrera se encargó de colocar en el
frontis de su botica una alegoría que representaba una esbelta mujer vestida con los
colores nacionales, luciendo sobre su negro moño el gorro frigio de la República.
Era un saludo a la libertad de comercio. Porque el puente había formado allí un centro de
actividades que buscaba en los letreros el réclame rumboso y patriota para afianzar la
prosperidad con la firmeza de su piedra. Así, don Juan Salvatierra, el más viejo hojalatero
de las inmediaciones, ostentaba en la puerta de su tienda un tablero con letras blancas
sobre fondo azul: “Antigua Hojalatería del Puente”. Y luego, todos los tendajos de los
alrededores se bautizaban con su nombre, viéndose en la miscelánea de productos
nacionales y extranjeros las jabas de lozas descubiertas y el algodón en rama, las
barricas de alquitrán con las botijas de miel en bote, los guarapones de pita de don
Feliciano Morales cerca de los ponchos y aperos de montar de la talabartería de don
Anselmo Rojas, mecidos por el viento, mientras sobre un “caballo de palo” las monturas,
puestas en los ricos peleros, dejaban colgar las talladas estriberas, que el comprador no
se cansaba de admirar. Y en el ajetreo ya era el tufillo de los charquis o de las bodegas
de vino, al paso que cantaban al transeúnte ocioso los relojes de cuco y de campana del
alemán don Adolfo Martin, cuyo negocio quedaba en la punta de diamante del puente,
casi al lado de la inscripción:
D.O.M.
DON LUIS MANUEL
DE ZAÑARTU
ENTRE MUCHOS
SERVICIOS HIZO
ESTE PUENTE.
AÑO DE MDCCLXXXII
Don Adolfo, todos los años, en la víspera de las Fiestas Patrias, doraba estas letras, que
había aprendido a querer desde niño por su significado histórico.
Esta calle no demoró en presenciar la tragedia inevitable a que la llevarían los errores de
los hombres que en su veleidad se mostraban cansados de prosperar a la sombra segura
del Puente Cal y Canto.
La canalización del Mapocho, dirigida por el ingeniero don Valentín Martínez, ocasionó el
derrumbe del puente. En los meses de junio y julio del año 1888 hizo socavar su
emplantillado, compuesto de sólidas piedras, debilitando los machones que sostenían los
arcos del extremo norte para dejarlos expuestos a ser minados en su base por la primera
crecida del río. Era una demolición disimulada ante la negativa del pueblo que creía, con
buen sentido estético y gran amor de raza, la inutilidad de destruirlo.
No tardó en precipitarse la avalancha de agua, acaso como no había memoria en los
santiaguinos viejos. Los continuos aguaceros remataron en agosto con un gran temporal
que convirtió al Mapocho en un mar renegrido que arrasó, en medio del asombro y el del
terror de la población entera, con su mole de granito, como si se tratase de maderos y no
de masas compactas de piedra y ladrillos.
El pueblo lloró su derrumbe como si fuera la muerte del abuelo; lo quería como algo
suyo, de su sangre. Allí estaba todo su pasado: los azotes de la primera infancia, sus
juegos de niños, sus romances, sus trabajos y pesares de hombre, sus glorias.
Se cuenta de un vecino de la calle de Zañartu, llamado Manuel Miranda, enfermo del
corazón, que apenas sintió caer el primer machón del puente, a las dos y media de la
tarde de aquel 10 de agosto, le afligió tal pena que se hizo llevar a la cama.
-¡Qué gran desgracia para la ciudad! –exclamó al recostarse - ¡Chile, con toda su riqueza
de hoy, no podrá hacer un puente como el de Cal y Canto!
Don Manuel, al sentir a las cinco de la tarde el estruendo total de la demolición,
estremecióse como si un acerado filo le hubiera clavado en el corazón y expiró.
Desde entonces el santiaguino neto, para reparar la ingratitud de los hombres nuevos, ha
seguido llamando a la calle con el nombre “del Puente”.
Fuente:
Libro “Santiago Calles Viejas” de Sady Zañartu


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