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CALLE SAN ANTONIO


(Ex Calle de San Antonio)
EL CALLEJON que atravesaba la ciudad al oriente de la Plaza Real, desde el Mapocho a la
Cañada de San Francisco, estaba deshabitado. En ninguna de sus aceras se veía casa ni
covachuela de madera y paja. Sólo en una de sus esquinas se levantaba una portada de
dos aguas que indicaba la hidalguía de su dueño. Pertenecía a un anciano y tullido
caballero llamado don Francisco de Pastene, que había llegado a desempeñar los más
altos puestos del reino por su talento y virtud. Era uno de los hombres cabales de este
apartado florón. No solamente sus conocimientos como licenciado en cánones le habían
granjeado el respeto del vecindario, sino su valor mismo como soldado defensor de la fe
católica.
Desempeñaba el cargo de provisor, cuando llegaron noticias de Valparaíso de que habían
arribado a las costas de Quintero tres bergantines ingleses al mando del corsario Tomás
Cavendish. Como a la sazón el Gobernador, don Alonso de Sotomayor, estaba ausente de
Santiago batallando con los bárbaros, don Francisco de Pastene, con celo del servicio de
Dios y de S. M., llamó y juntó a cuarenta clérigos con sus armas y caballos. Salió con
ellos en dirección de Quillota, y se halló en el rebato y recuentro que puso en fuga a una
partida de arcabuseros que el corsario Cavendish había hecho desembarcar con el fin de
explorar el valle.
Si no fuera por la ligereza con que se acogieron a un peñón que estaba metido en el agua
–cuenta Mariño de Lobera- y donde no alcanzaron a llegar los nuestros por los muchos
tiros que disparaban sus navíos, no hubiera quedado hombre con vida.
Esto pasaba el 30 de marzo de 1587.
El primitivo callejón – trazado a cordel por el alarife Gamboa – tuvo en el año 1630,
después de la muerte del benemérito viejo defensor de la ley evangélica, su primer
bautizo de pila y se conservó hasta las postrimerías del siglo XVII con el nombre del
“Licenciado Pastene”.
El nombre actual, de San Antonio, nace con el trajín de beatas y solteronas. El callejón
era el mismo del siglo pasado y estaba cercado con tapiales desmoronados por los años y
las lluvias. El progreso se veía en la esquina de la Merced y de las Monjitas, donde se
alzaban enormes pilares de ángulo y algunos balcones volados. Cerca de la Cañada
asomábanse pintoresco tejados con su mediagua, pero, ya en marcha por la calle,
abundadban los basurales y letrinas. En su largo tránsito, el caminante tropezaba con los
desperdicios que tiraban los vecinos de los solares, viéndose diseminados perros, gatos y
otros animales muertos, que nadie se encargaba de recoger. Una mañana apareció un
burro con una pata quebrada, tendido en el crucero que formaba con la calle de Santo
Domingo. El pollino se acomodó en el cieno, acosado por la fiebre, y los muchachos de
las inmediaciones le daban de comer y de beber; pero, al cabo de algunos días, murió y
sus restos se extinguieron sin que ningún buen vecino se tomara el trabajo de hacerlo
arrastrar al río.
¡Cómo sería el basural de esta calle – refiere Zapiola en sus Recuerdos de Treinta Años -
, que un día que pasaba por allí vio, medio enterrados, dos trozos de madera labrada.
Tomó sus extremos y, al levantarlos, descubrió que era una escalera, de cuatro o cinco
metros de largo, oculta de esa forma por los ladrones para servirse de ella en sus
correrías nocturnas!
La calle de San Antonio era también teatro de las pedreras de chimberos y santiaguinos.
La cuadra comprendida entre la de las Monjitas y de Santo Domingo no tenía una sola
vivienda, pues daban allí frente los tapiales de las casas grandes. En el lado oriente se
veían una o dos ventanas de la casa de don Antonio Sol, que perteneció después a don
Nicolás Larraín y Aguirre, y en el resto de la cuadra sucedía otro tanto con la casa de las
señoras Guzmán; el lado poniente lo ocupaba, en toda su extensión, la pared del
convento de las monjitas de la Victoria.
La guerra de piedras infundía tal temor a los transeúntes de ambas calles, que, para
pasar a la cuadra siguiente, tenían que esperar el momento en que había calmado la
lluvia de pedruscos, y aún así, a todo correr, sin que esta precaución los librara muchas
veces de un terronazo.
El nombre de “San Antonio” evoca una visión lejana del santo. La inquieta dama que
había pasado de los veinte años pedíale un buen marido, y, para que le cumpliese la
manda, se valía de numerosas artimañas con que castigaba al santo hasta el momento
del milagro. Ya le separaba del Niño Dios que tenía en sus brazos, como escondía su
imagen en una cueva de ratones; ya llevaba su medallita colgada en la garganta de
arriba para abajo o doblada su estampita, de manera que no viese al Santo Niño. La
imagen de San Antonio constituía la esperanza bien hallada de muchas santiaguinas que,
al obtener lo pedido, festejábanlo con luces de cera y líos de flores. De ahí que cuando el
transeúnte pasaba por el antiguo callejón del Licenciado Pastene y miraba hacia la
Cañada, no era raro que divisase la boca luminosa del portón del templo de San
Francisco que da a esta calle, y que enfrentaba también al altar de San Antonio, en el
fondo de la tercera nave de dicha iglesia. La visión era nítida para todas las dulces
devotas del santo: el altar cobraba a la distancia mística de su mágico retablo; por allí
pasaban mujeres de diferentes edades con el solo pretexto de divisarlo y reavivar el
deseo íntimo. Era una legión de feligreses la que transitaba por la calle en dirección del
templo franciscano, embarrando muchas veces sus sayas de seda para hacerse más
gratas a los ojos del santo.
Las devotas, de esta manera, fueron haciendo partícipe a la calle de sus esperanzas
casamenteras, y de aquí que un día la unieran a su devoción con el nombre de San
Antonio.
Fuente:
Libro “Santiago Calles Viejas” de Sady Zañartu


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