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CALLE TEATINOS


(Calle de Los Teatinos)
NADIE miraba con ojos codiciosos esa manzana que deslindaba con la Cañada de San
Francisco, por el sur, y la calle Real (Moneda), por el norte. Estaba en arrabal de la
ciudad. Hacía su poniente quedaban las “cuadras de viñas”, nombre que se les dada a
las quintas de recreo. Pero vino el siglo XVII y paróse allí, por los años de 1746, la
cazurra mirada de un padre jesuita. El demonio, entonces, cuando no rondaba por una
parte, salía a mata carrera por otra, y nada mejor para espantarlo como una camareta
que una casa de religión. Esto lo sabían muy bien los jesuitas, que habían sitiado al
demonio por los tres costados de la ciudad, con su claustro máximo y las casas de San
Pablo y la Ollería, faltándole solo aquella parte del poniente, que al atardecer se cubría
de misteriosa sombra.... Y ahora, para bien de las cosas de Dios, el solar estaba en
venta por muerte de su dueño, el capitán Cristóbal Zapata, de manera que no era
cuestión de mucho recapacitar el adquirirlo y fundar un colegio. Una cuartería de
adobones y paja, bohíos del pasado siglo de la fundación, daban su frente a esa callejuela
del diablo, que, en su fondo, extensas arboledas ponían una nota de adormecedora paz.
El padre jesuita cerró los ojos ante la visión magnífica y, cuando los volvió a abrir, pudo
decirse copia nocet. Supo entonces que, vecinos del capitán zapata, tenían allí sus
solares dos ocupantes sin títulos, hijos de la tierra, que habían adquirido sus derechos
por simple ocupación. Uno pertenecía a Nicolás Soto y el otro solar era de unos
hermanos apellidados Rodríguez.
No eran tiempos aquellos de mucha riqueza, y la miseria del reino apretaba al pobre; por
tal motivo, estos vecinos tenían gravados sus ranchos con censo a favor de los
sochantres de la Catedral, del convento de Santo Domingo y de la Merced. La sagacidad
del jesuita entró aquí a pelear por los fueros de Dios, comenzando por pedir que se le
cedieran esos censos, y siendo cada uno de ellos de muy poco valor, no le fue difícil
obtenerlos. Enseguida entabló ejecución contra los herederos de zapata, y para que el
predio de éstos resultara a un precio insignificante y les fuera forzoso entregarlo a sus
acreedores, compráronles los jesuitas sus inciertos derechos a Soto y a los Rodríguez. El
primero recibió 500 patacones, y los segundos, 150, y todos declararon que no tenían
confianza en sus títulos, pero que tampoco querían litigios de resultados dudosos, mucho
menos cuando los padres jesuitas pensaban construir allí un convento para espantar al
demonio.
Luego los padres las emprendieron contra los herederos de Zapata, hasta que
consiguieron ejecutarlos sacando el solar en almoneda. Nada escatimaron para hacer
valer sus créditos, y el 8 de febrero del año de gracia de 1756 el alguacil mayor Antonio
Gutiérrez, acompañado del escribano, y a requerimiento del padre Pedro Nolasco
Garrote, Rector del Convictorio de San Francisco Javier, “abrió y cerró puertas, echó
fuera a las personas que estaban en la casa que fue del finado Zapata y puso en posesión
de ella al muy reverendo padre”.
Dueños los jesuitas del solar, creyeron que lo más práctico seria arrendar los cuartos y
esquinas, y con las ganancias y el transcurso del tiempo construir el colegio. Mas como
no podían defraudar en todo las ilusiones del vecindario, fundaron en la callejuela de su
costado poniente un beaterio bajo la advocación de San Cayetano, abogado de pobres y
patrón de los cocineros, y fundador de una Orden de clérigos regulares que tomaron el
nombre de Teatinos. La Historia de esta congregación era de remota memoria,
habiéndose establecido en 1524 en Chieti, en otro tiempo Teate o Theate, y de donde
vino el origen del nombre. Esta orden subsistía, sin fondos y sin renta, y hasta prohibía la
cuestación; únicamente contaba con las limosnas. Los teatinos predicaban, visitaban a
los enfermos y presos, asistían a los reos condenados al rollo. Los hermanitos del
beaterio no les fueron en zaga a los de la congregación de Letrán, y el 7 de agosto de
ese año de 1756, festividad de San Cayetano salieron con su imagen en procesión por las
callejuelas adyacentes. El pobrerío del barrio abrió sus brazos en demanda de la
protección del nuevo patrono, que los preservaría del hambre en esos años de escaseces,
y la devoción cundió para bien de los hermanitos. Las mujeres venían en romería a
dejarle los “cabitos de vela” que se le encendían al santo los días miércoles, y que debían
ser de los que sobraban como desperdicio. Un Padre Nuestro era la oración principal que
se le rezaba, y la imagen milagrosa llevaba a los ranchos el pan de cada día.
Fue así como San Cayetano, multiplicado en pequeñas imágenes, trocóse a precios
subidísimos, en tanto crecieron por otro lado las limosnas del vecindario. Mucha maña
deben haberse dado los beatos, no sólo para meterse en el corazón de las gentes cuando
las ayudaban “a bien morir”, sino para imprimirle más auge a su fundación, pues, al
bautizar con su nombre a la calle, ganaron en fama también por su habilidad en los
negocios, de tal modo que “teatino” llegó a ser sinónimo de persona astuta y ladina.
Se cuenta del padre López, personaje célebre en la tradición por el buen humor de sus
improvisaciones, que, paseando en cierta ocasión por la Cañada con un amigo suyo, el
reloj del convento de los teatinos dio las dos y tres cuartos de la tarde. Detúvose el padre
dominico al oír las campanadas, y volviéndose a su acompañante le dijo:
Un cuarto para las tres
ha dado el reló vecino
y lo que me admira es
que, siendo reló teatino,
dé cuartos sin interés.
Esta quintilla de la medida de lo que eran entonces los teatinos, dedicados, entre otros
negocios, al préstamo de dinero, y aun a correr con los cuartos” que arrendaban en el
solar del finado capitán Zapata.
La fina sátira del padre López estuvo en boca de todo el poblado, que lo suponía víctima
de algún préstamo usurario de los jesuitas. No faltó un hermano de la orden que un día
quisiera probarle que ellos no merecían el duro flechazo de la quintilla; y aprovechó las
circunstancias de que ambos pasaban juntos por delante de la imagen de un santo de la
Compañía, tal vez el mismo San Cayetano, de cuya boca salía la palabra latina satis
(bastante), para decirle:
-¡Un “Satis” de amor divino
en esa boca se engasta!
A lo que el padre López, con su habitual ironía, respondió
- Serás el primer teatino
que, dándole, dijo “basta”.
Expulsada la orden por la pragmática de Carlos III, el año1767, el terreno que ocupaban
los beatos fue adjudicado al Colegio Carolino, y después comprado por el Presidente
Benavides para construir la Casa de Moneda. Pero los jesuitas dejaron en las tradiciones
populares recuerdos que las veleidades del tiempo nunca podrán borrar, y así la calle,
seguirá llamándose por muchos años con el nombre “de los Teatinos”
Fuente:
Libro “Santiago Calles Viejas” de Sady Zañartu


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