CALLE BANDERA
(Ex Calle de La Bandera)
Esperaba su comercio a la República para prosperar. Sólo se oían toques de
campanas y
redobles de tambores. Los portones de las casas veíanse cerrados a machote. En
el
Palacio de la Aduana, donde habitara el capitán San Bruno, estaban patentes los
vestigios
del saqueo, como en el cuartel de los Talaveras, vecino a la Catedral. Las
persecuciones
de realistas continuaban con más ahínco que nunca, y por la calle “atravesada de
la
Compañía”, nombre que se le daba al antiguo callejón del “Licenciado Morales de
Albornoz”, pasaban a toda hora del día tropas en dirección al camino de
Valparaíso y de
San Diego el Viejo.
El antiguo cabildante don Pedro Chacón y Morales (12) era uno de esos honorables
comerciantes perseguidos en el régimen pasado y que clamaban por el advenimiento
de
un mundo mejor, en el que hubiesen menos alcabalas y almojarifazgos, y más
libertad de
comercio con el extranjero. Su tienda, situada, situada en esta calle, esquina
con la de
los Huérfanos, estaba atestada de ruanes, bretañas, hilos de oro y plata, creas,
choletas,
zangaletas, y una infinidad de artículos de procedencia francesa que, por la
pobreza
general, nadie compraba.
El nuevo estado de cosas prometía una vida nacional más activa y con menos
trabas que
el régimen fenecido; pero don Pedro sólo veía pasar las horas tras el mesón de
la tienda,
amodorrado y triste, Las antiguas parroquianas godas, que gastaban calesa en su
puerta,
habían desaparecido, y las nuevas parroquianas patriotas querían que les dieran
las
cosas de balde.
Al atardecer salía a la puerta a inquirir noticias de la situación con las
personas conocidas
que pasaban por el frente:
-¿Cómo marchan los pedidos, mi señor don Pedro?
¿Cómo? ¿cómo? –respondía, sorprendido con la pregunta-. Muy mal, muy mal. Nadie
compra. Ni un peso chivateando entra en el cajón.
-¿Y qué piensa?
-¡Que así no se hace Patria! Óigalo bien. ¡Así no se hace Patria! Hay que
comprar, mi
señor. Hay que hacer sonar la plata, sacarla de los chivos donde está enterrada,
y que
tintinee como las espuelas, y que corra..., que vuelva otra vez la confianza...
Contimás
tengo entre cejas una gran idea, que con el favor de Dios...
Y nadie le sacaba a don Pedro una palabra más. Con su cara bonachona y
despreocupada, inducía a los transeúntes a esperar la gran idea salvadora, que
cada día
abultaba su cuerpazo, metido a una camisa con valonillas muy ajadas.
¿Cuál serpía la gran idea de don Pedro para mejorar los tiempos?, se preguntaban
sus
amigos unos a otros. Y se les figuraba verlo en las Cajas, de Ministro de
Hacienda.
-¡Vaya! Al fin será el hombre que el país necesita. Prudente y patriota. Por
ejemplo,
ahora en su tienda no fía a nadie un centavo de las mercaderías que guarda en la
bodega.
Don Pedro con su gran idea, que aún no salía a la luz, era ya un monumento.
En la calle atravesada de la Compañía la vida continuaba siempre igual, y sólo
la
campanita angustiosa de las Capuchinas irrumpía en el silencio de medianoche,
clamando
a los devotos de su Niño Dios por una limosna.
Don Pedro, durante su paseo matinal hasta las barandas del Puente, iba y volvía
por la
misma calle. Entraba a orar en la iglesia de las Capuchinas, que se levantaba en
la
esquina poniente de las Rosas. En la plazoleta destartalada, en un rincón de
malvaviscos,
se veía en una urna de madera la escultura del Señor atado a la columna. Sacaba
el
comerciante de la faltriquera un velón de sebo que colocaba en el farol que
pendía de su
techo y lo encendía piadoso. Luego, se acercaba a la puerta del monasterio,
depositaba
un puñado de moneditas en la alcancía, santiguábase y seguía su camino en
dirección a
la tienda. Al atravesar la calle de la Catedral, se detenía en la imagen que
escuda sus
puertas traseras, y, frente a la hornacina del Cristo exangüe, se arrodillaba
otra vez a
suplicar con corazón de hidalgo. Los labios repetían los versos grabados en la
piedra:
Tú que pasas, miramé,
Cuenta si puedes mis llagas.
¡Ay!, hijo, qué mal me pagas
la sangre que derramé.
Instalado otra vez en el mesón de su tienda, misiá Conchita, su mujer, le
llevaba un
tazón de chocolate con mucha espuma.
La vida de don Pedro no suponía otros contratiempos que la falta de clientela.
Sin
embargo, ¿qué comerciante verdadero en esas largas esperas no medita un negocio
para
salir del cacho? En el fondo de la bodega tenía varias partidas de género de
lanilla azul,
blanco y encarnado, que importará de la península para las fiestas de
carnestoneldas, y
don Pedro esperaba el momento de sacarles mejor precio. Era necesario recuperar
lo
perdido, porque sin vender no se hacía Patria, y allí estaba esa preciosa
mercadería que
podría servir para la confección de la nueva bandera nacional. Leía, en un
número
atrasado de la Gaceta, que ya había ”acuerdo en el Supremo Gobierno sobre un
sello y
pabellón especial que abatía los leones y castillos de España”. Pero ¿cuál iba a
ser su
diseño? Don Pedro andaba en busca de aquel secreto de Estado. Había un
desconcierto
en la confección de la bandera, pues cada vecino la hacía a su gusto y modo en
la
distribución de los colores de las franjas, y en los cuarteles que mejor les
acomodaban
ponían el sol de mayo o la estrella de Chile.
Se recordaba que la bandera de la Patria Vieja, ideada por los Carrera, tenía
tres franjas
horizontales: azul, blanco y amarillo, y que la bandera, llamada de transición,
que se
enarboló después del triunfo de Chacabuco, cambió el color amarillo por el rojo.
“Así se hace Patria - meditaba don Pedro, restregándose las manos -. Ni una
pieza de
género encarnado queda en la ciudad, por más que se le busque con cabo de vela.
Y, por
lo que me dijo mi amigo Zenteno, este color va a predominar sobre el amarillo.
¡Cómo el
pañuelo de la Panchita al bailar la zamba resbalosa!”
El año 1818 se juró al fin la nueva bandera nacional con fiestas en las que
participaron
los quince gremios de artesanos de la ciudad y la maestranza, compuestos de
quinientos
ochenta hombres, los que representaron danzas y pantomimas, vestidos con
variedad de
formas, pero con uniformidad para guardar consonancia con el pabellón. Había
gorros
rojos, camisas blancas y pantalones de mezclilla azul, casi toda la existencia
de la tienda
de don Pedro, realizada en pequeñas partidas.
Al año siguiente se le quiso dar mayor magnitud al aniversario de la gloriosa
revolución
de Chile, pero hubo que enfrentarse a un problema inesperado: la capital no
tenía
banderas, pues la penuria de las arcas fiscales había hecho imposible la
importación de
las lanillas para su confección. Las banderas del Estado no pasaban de seis, y
con ellas
andaban el Ejército del Sur y los Libertadores del Perú. Se tuvo entonces que
pedir
prestadas al gobernador de Valparaíso, por orden del Ministerio de Guerra, dos
banderas
de las mejores que allí hubiera para que se enarbolasen con tiempo en la Plaza
de Armas,
y asegurar que serían devueltas el mismo día, después de la función.
Aquí fue donde empezó a actuar el ingenio de don Pedro Chacón. Algunos días
pasados,
antes que el sol saliese, abrió su tienda, sobre cuyo portón, donde estuvo el
labrado
escudo de piedra, colocó un asta de largas dimensiones. Y, cuando los rayos
solares
asomaban en los picachos andinos, izó una gran bandera nacional, como no la
tenía el
gobierno ni ningún ciudadano de los contornos. El pabellón, con la fuerte brisa
mañanera,
se desplegó en airoso batir, y aparecieron laminados de polvillo de oro el azul
turquí, el
lacre punzó de la China y el raso blanco de las novias.
La bandera atrajo la curiosidad de los vecinos, quienes se apiñaron, frente a la
tienda, a
contemplar aquel nuevo espécimen, donde brillaba una estrella de pura plata,
como
bordaba con el hilo de los mantos de vírgenes.
Así, con el ir y venir de las gentes, empezó a cobrar vida y movimiento el
comercio de la
calle, protegido con el flamear constante del sagrado emblema. Nuevos
propietarios de
tiendas y pulperías se avecindaron en torno, tentados por la prosperidad del
negocio de
don Pedro, a quien su situación llevó a ocupar el cargo de diputado.
La superstición le hizo mantener por varios años, en su asta improvisada, la ya
desteñida
bandera del año 19, y las damas favorecidas con la adquisición de las ricas
telas, al ser
interpeladas por el lugar de su procedencia, respondían: “La compré en la
Bandera,
hijita”. Y así, el nombre se extendió primero a las inmediaciones de la tienda y
más tarde
a toda la calle, que conserva desde esos años su apelativo de “calle de la
Bandera”. (13)
Fuente:
Libro “Santiago Calles Viejas” de Sady Zañartu