CALLE SANTO DOMINGO
(Ex Calle de Santo Domingo)
SUENA el tañido de oraciones. Aún no se encienden las luces del comercio y todo
cobra
penetrante quietud. La posada abre sus tablones claveteados y emana de su
interior un
vaho de misterio. El templo del Señor Santo Domingo yergue la historia de su
piedra
canteada con soberbioso gesto; y en la plazuela fronteriza, los árboles apagan
con sus
copas dormidas el pebetero del quiosco, cuyas últimas flores quedaron sin
vender.
El año 1606 los dominicos levantaron allí los cimientos de la primera iglesia,
que dio el
bautismo a la calle, y que fue destruida por el terremoto de 1647. De las
noticias que
quedaron de esa fábrica se sabe que tenía quince capillas y “una escalera que
entre las
del Escorial pareciera bien”. (61) Cien años después, en 1747, se puso la
primera piedra
del segundo templo de la Orden- que es la que actualmente existe -, colocándose
el
Santísimo bajo el Gobierno del Presidente Morales, el 13 de octubre de 1771. La
fábrica
se terminó diez años después, en 1781, y otros diecisiete años tardó en levantar
sus
torres.
Su arquitecto hizo esbelta la fachada, de líneas quietas y de un cierto
clasicismo de orden
dórico. En la calle vecina la apuntaló con rudos contrafuertes, y su inspiración
buscó las
enseñanzas venidas de Perú en las proporciones y perfilados y algunos
regionalismos
inconfundibles de América. En su interior, ideó el tipo basilical, de amplia
nave y crucero.
Los retablos barrocos en mármol negro fueron obsequios de grandes del reino,
cuyas
almas encontraron en las imágenes simbólicas la fuerza patética y conmovedora
del
Catolicismo.
Esta es la historia del templo; la de “La Posada” le gana un siglo, porque en
ese solar
fincó don Juan Hurtado, compañero de Valdivia, el año 1565. Pasó después a su
yerno,
don Andrés Hernández de la Serna, vecino encomendero de San Juan de la Frontera,
y
éste no tuvo desazón en cederle el sitio, que daba frente a la portada
principal, a la orden
dominica, para que allí formasen la plazuela de armas del templo. ¡ Al fin de
todo no era
más que la legítima de su cuñado don Antonio de Hurtado, profeso en dicho
convento!
La calle señalada, de vereda a vereda, por templo y prosapia, fue extendiendo
ambos
brazos en el transcurso de tres siglos, para empezar por el oriente desde la
“casa de la
palma” y terminar, hacia el poniente, en la denominada “La Bastilla”, sudoeste
con la de
los Teatinos, por haber coincidido su construcción con el año de la Revolución
Francesa,
en 1789. esta casa fue la primera de cal y ladrillo levantada en la ciudad, y
pertenecía al
jesuita Sebastián de Lecaros. “ La Bastilla” ostentaba en la esquina una maciza
pilastra
de piedra.
Era el 10 de septiembre de 1810. La lumbrada del poniente encendía las torres
virreinales del templo. En las esquinas los corros de frailes dominicos y de
algunos
vecinos eran más numerosos que otras veces, pues una grave noticia iba y venía
por las
aceras donde se agrupaba el comercio español. Se decía que estaba acordado ya,
para
el 12, una reunión de notables a cabildo abierto, con el fin de establecer
“junta”. La
“bola” suponía la pérdida total de España y de Su Majestad don Fernando VII,
prisionero
de los franceses. Los señorones llevaban en el ceño una preocupación profunda y
se
escuchaba en las losas el golpeteo continuo de sus encumbrados bastones. Era la
calle
una ola negra de capas y manteos que se agitaban en un mar de pasiones
encontradas.
Los negociantes en giros sobre Cádiz y Lima mostraban su inquietud; los grandes
bodegueros dejaban sus mostradores para cambiar impresiones sobre la escasez de
demandas; don Antonio de la Lastra, don Miguel de Cotapos, los Urmeneta, los
Saldívar,
no habían tenido, como de costumbre, los cueros de plata amonedada, que los
clientes
les encargaban transportar, en recuas de mulas, camino del Puerto y de la otra
banda. La
única vecina que transitaba por la calle, amamantando feliz en sus abultados
senos los
vagidos de la nueva “guagua”, era la negra Rosalía. Ama de la hospedería de “La
Bastilla”, pregonaba sus picarones en almibar, tentando y enturbiando el magín
de sus
tiesos parroquianos. La llamaban “negra” por lo moreno del color de su piel, que
ella se
atenuaba con polvos y carmines.
Ña Rosalía regresaba esa tarde de la Plaza de Abasto conforme con los tiempos,
pues
canastas venían vacías. ¡Qué sonrisa más dulce era la suya! ¡Cómo bailaban sus
monedillas en el enjuague de sus manazas! Sacaba la lengua y chupábase sus
labiotes
sensuales para decir:
En tiempos de picarones
se hacen las revoluciones.
Don Celedonio Villota el señor de Teno y rey del charqui, que estaba parado en
la esquina
de Morandé. frente a su pulpería, la detuvo para preguntarle sobre lo que se
susurraba:
- ¿Habrá junta, ña Rosalía?
- ¿Junta? ¡Qué cosas está diciendo su mercé! Esas cosas no se preduntan.
- No se me vaya por esa veredita.
- ¿Y cómo voy a saberlo? Menos averigua Dios y perdona.
- Pero algo habrá oído en “La Bastilla”. ¿Qué hacen entonces esos señores
cuando comen picarones?
- Se chupan los dedos, Celedonio.
Y seguía su camino llena de risas y con tal garbo, que el pollerón recamado de
lentejuelas
parecía a cada tranco redoblar su vuelo, las dormilonas repicar sobre los
hombros, y sus
dientes, como perlas de Panamá, saltar de su bocazo en cascadas de salud.
En la calle empezaba a obscurecer y los corrillos desaparecían, guardando sus
personas
por las puertas chicas de las portadas como en cajoncillos secretos. Las casas
se
enterraban en la noche lograba de la revolución. Sólo la Negra Rosalía avizoraba
desde la
mirilla de su tejado de la esquina de los Teatinos, pues decía que “en tiempos
de alarma
el que no cae resbala”. Sabiduría ladina de mujer que no perdía pisada de los
que iban a
conspirar a la Casa de los Picarones. Así secundó a don José Gregorio de
Argomedo y a
doña Micaela Fontecilla, que eran sus mejores clientes.
En los días tristes de la Reconquista, la calle del Señor Santo Domingo no tuvo
más
rumor que el de los rezos, ni otro eco que el de los tétricos golpes de cajas de
los
batallones que pasaban hacia el puente. El más asiduo personaje de la calle fue
el
Presidente Osorio, que todas las tardes llegaba a rezar el santo rosario,
acompañado de
su escolta, a la antigua casa solariega de “La Posada”.
El triunfo de Maipú puso una cinta azul y blanca en todo el largo de la calle.
El viejo barrio
desperezóse con cantos y danzas, y la “palma real” sobre los tejados rojos se
meció
transformada en penacho de glorias al ostentar en lo alto la enseña de la
Patria.
La calle empezó una vida nueva. “La Bastilla” fue convertida en Correo,
organizándose allí
el primer servicio de esta índole por parte del Estado y dando término al
sistema de
enviar las cartas con “propios”. El comercio viose más repartido. Ya no era el
español
Castellanos el que tenía el monopolio del aceite de comer ni el tendero
Astudillo el único
que vendía más baratos los bayetones de Castilla y los ruanes de Francia. Por
todas
partes se expendía al menudeo. La nueva vida despercudía los espíritus y cantaba
ayes
indianos en las rejas y en los zaguanes.
La llegada de la Negra Rosalía exaltó el vivir libre y pintoresco de la calle.
Regresaba de
Lima con las tropas chilenas que habían ido a libertar al Perú. El ingenio del
demonio se
escapaba de su labia, cuya bocaza ardía como un tizón, dejando a somormujo un
aire de
malambo. Había echado fuera todo el trapío comprado en la ciudad virreinal, lujo
de
lentejuelas, lujo de corales, lujo de caravanas, sonajería de brocados, brillo
de chapines,
exuberancia de encajes y de enaguas; traía también un peinado a la moda,
cuidadoso y
enrulado, que, según su expresión, era de “ratón dormido”.
La calle ostentaba algunas nuevas mansiones como vía de progreso; en su esquina
nororiente
con la de las Claras, la casa del chillanejo don José Antonio Rodríguez Aldea.
Con
su patio azul y corredor volado. y que este construyera en 1815. Siendo Ministro
de
Marcó del Pont y posteriormente de O’Higgins. En su cuadra, de rancia estampa,
el
Presidente don Francisco Antonio Pinto inauguró la primera filarmónica de tono y
copete,
organizada el año 1827 en la vida social santiaguina.
En una casa construida sobre el antiguo claustro de la Victoria, entre las
calles de San
Antonio y de la Nevería, el maestro francés Bogardus exhibió el primer elefante
conocido
en Chile. El suceso, que ocurrió en un día de mayo del año 1841, atrajo al
poblado de las
dos riberas, conmoviéndose de tal modo el vecindario que el tránsito de la calle
estuvo
interrumpido por algunos días. Se contaba que acompañaron al elefante en la
exhibición
la mona “Dulcinea” y el mono “Pinganilla”, los que bailaron un vals al don de la
flata de
monsieur Bogardus. Diz que era tal la destreza del mono, vestido de levitón rojo
y cuello
blanco, que dejó su nombre a los que entonces se conocían por “paquetes” y
“futres”.
La Logia Lautarina tuvo sus salones también en dicha calle; y en los días
prósperos de
don Diego Portales volvió a afirmar “La Bastilla” su prestigio revolucionario.
No en balde
estaban todavía en su apogeo los picarones de la Negra Rosalía.
El reposo aristocrático que hoy tiene la calle se debe a una solicitud que sus
vecinos
presentaron al alcalde, pidiendo que no se concediera permiso para extender allí
una
línea de tranvías. Los buenos vecinos querían que su calle siguiese ungida de la
benéfica
paz de antaño, de la que aún emanan algunos caserones un vaho de añeja
sugestión.
(62)
En cuanto al origen del nombre, eterno en la piedra de su templo, cobra toda su
apoteosis la tarde de flores, luces y cánticos en que sale Nuestra Señora del
Rosario
sobre su carro de plata, camino hacia la devoción del Señor Santo Domingo.
Fuente:
Libro “Santiago Calles Viejas” de Sady Zañartu