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AVENIDA LIBERTADOR BERNARDO O'HIGGINS


(Ex Alameda de Las Delicias)
DE ANTIQUISIMO brazo de río fue lecho. La hizo Cañada el primer bautizo español,
bendecido desde la ermita Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, que fundara don Pedro
de Valdivia. Era su patrona esta virgen, traída en el arzón de su caballo de su caballo de
batalla, para alivio de las tentaciones que en pos de su alma militaban. Dios mediante,
años después, en 1554, la ermita, se convirtió en casa de franciscanos, y la Cañada tomó
el nombre del trajín que hacían los hijos del Seráfico Padre. Por los numerosos templos
que fueron rodeando aquel espacio, en un área no mayor de quinientos metros, se dijo
que estaba allí “la Ciudad de Dios”. En el costado sudoriente, el Carmen de San José, y
en hilera, con pocas cuadras de intermitencia, hacia el poniente, San Juan de Dios, San
Francisco, La Soledad y San Diego; por el costado norte, San Saturnino, Las Claras, y,
como cúspide y memoria, el santuario de la Virgen Santa Lucía.
Los padres franciscanos construyeron un puentecito de cal y ladrillo sobre la pantanosa
Cañada, mitad caja de río y basural, para pasar a la puerta de su convento. Luego
empezó el pueblo a merodear, atraído por el matutino chocolate de las monjas clarisas y
la rica olla de lentejas de los franciscanos. La cristiandad retribuía con cestitos de gallinas
y huevos su amistoso fervor.
Cuando el siglo XVIII asomó su cara ceremoniosa, la Cañada dibujaba a lo vivo un
retablo lugareño. La cordillera se veía tan cerca como si la mirasen con vidrio de
aumento. El cequión de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, que venía ancho y
desparramado frente a San Francisco, se dividía en dos pequeños brazos de agua que
lamían las raíces rosadas de los acacios y las verdes cabelleras de los sauces. En ambas
acequias se bañaban los chiquillos, y cuando pasaban señoras se escondían tras los
troncos de los árboles o enturbiaban el agua. Los caballos y tropillas de burros, que
traficaban para San Diego el Viejo, se detenían también a refrescarse en sus orillas.
Los herradores y barberos situaban sus bancos a lo largo de la Cañada. El comercio de
puesteros tenía la tutela seráfica de nuestro padre San Francisco.
En el verano, hileras de calesas permanecían por largas horas bajo los árboles, dando
descanso a sus lustrosas mulas choapinas.
En la segunda mitad del siglo, la Cañada se extendía hacia el poniente hasta la plazuela
de San Lázaro, y desde allí tomó el nombre de Cañada de Saravia por las quintas que,
cerca de la ermita de San Miguel, poseían los marqueses de la Pica Bravo de Saravia.
El matadero quedaba en esos andurriales. Una mañana de diciembre se les escapó un
bravo novillo de Chada a los matanceros de San Miguel. Siguió en desenfrenada carrera
hasta el camino de San Diego el Viejo, en medio del alboroto de los pacíficos vecinos de
las quintas y predios cercanos, y, cegado por el revoque rojo del templo franciscano, se
lanzó sobre el portón, abierto de par en par. Se celebraba una misa de festividad. El
novillo no se detuvo en su fiero ímpetu al trasponer los umbrales y penetró en el interior
del sagrado recinto durante el oficio divino, provocando entre los fieles una batahola de
gritos y carreras. En la penumbra de las naves el animal se sintió acorralado y trató de
buscar salida en dirección al altar mayor. Los padres oficiantes, aterrorizados se
encaramaron en el ara misma del altar, con albas y casullas, echando a rodar por el suelo
candelabros y floreros. ¡Qué lejos estaban del evangelio del pobrecito de Asís!
Algunos encopetados señorones, que oían la misa con suma devoción, contemplaban
desde el púlpito con ojos desorbitados aquel campo de Agramante, y no faltaban otros
que, refugiados en los confesionarios, pareciesen toreros novicios ante la primera
embestida. Las señoras que en el tumulto no habían alcanzado a arrancar, yacían
desmayadas en bancos y reclinatorios.
El repique de peligro puso en conmoción a la ciudad, y acudieron numerosos soldados y
mulatos a prestar socorro a los feligreses. No faltó entre ellos un buen laceador que al fin
diera con el novillo, arrastrándolo fuera del templo, donde dejó la mácula de sus huellas y
el regocijo de fieles y hermanos menores.
Al prender sus camaretas el siglo XIX, la vieja Cañada franciscana entonó un himno de
rebelión a lo largo de sus cruces y oratorios. Desde el Alto del Molino de Araya hasta
Chuchunco (junta de aguas) había rumores de vientos patrios y tintineos de sables. Era
la hora en que iba a sonar para la Cañada española su grito de emancipación y a perder
su aspecto de cascajal.
El mayorazgo O’Higgins, que había cruzado con las pupilas inquietas, bajo sus añosos
sauces, en dirección del camino de Padura, después del desastre de Rancagua, regresaba
ahora de los Llanos de Maipo entre toques de rebato y gloria. Los claustros de San Diego
estaban repletos de prisioneros de Burgos e iba a imponerles su indemnización de
guerra. El ilustre capitán ya no enarbolaba su espada en la mano liberadora, sino una
pluma con la que trazó, sobre una tira de papel, varios puntos de tinta que delinearon la
actual Alameda Bernardo O’Higgins y que costó a los prisioneros dos años de agrio sudor,
aunque tuvieron para refrescarse las sombras apacibles de las quintas contiguas al
paseo, y que ellos llamaron “de sus delicias” por las muchas que le reportó su cautiverio.
La Alameda, al comienzo de la República, empieza a ser la arteria principal de Santiago.
En 1829 se prolongaba hasta el Llano de Portales, donde hacían sus diarios ejercicios de
práctica en el terreno los deshechos batallones de la Patria Nueva. Cuatro hileras de los
álamos que en 1809 introdujera al país el provincial franciscano Javier Guzmán, crecían a
gran altura, formando canales de cielo azul en el espacio. Entre las filas de árboles
corrían pequeñas acequias de agua muy clara en contacto con sus raíces. Al centro
quedaba el paseo, mantenido por una gruesa capa de arena que se barría y regaba dos
veces al día en verano. La Alameda era interrumpida por dos espacios circulares que
llamaban los “los óvalos” y que servían para dar paso a los carruajes y caballerías que
iban al Llano de Maipú, y evitar su tráfico por la calzada central. En las tardes, las bandas
de músicos tocaban en los “los óvalos” y los paseantes formaban filas, como en el
estrado, para saludarse y conversar. El lujo de la Alameda eran sus grandes bancos de
piedra pulida, labrados en forma de lechos griegos, en donde las damas, al bajar de sus
calesas, descansaban y se hacían servir refrescos de los cafés vecinos. La gente de a
caballo quedaba a la expectativa, por los caminos fuera del paseo, y muchos se divertían
en tintinear con las rodajas de plata de sus espuelas para atraer sonrisas de las buenas
mozas.
Un extranjero dijo después en sus memorias que en la Cañada había visto “las mujeres
más bonitas del mundo”.
Los muchachos ya no jugaban a la chueca colonial, pero en cambio, colocaban sobre la
corriente de las acequias dos astillas de madera y apostaban pequeñas sumas a quien
ganaba la carrera, y corrían por ambas orillas, siguiendo con emoción los percances de
los improvisados caballitos de agua.
En la Alameda las reuniones sociales se verificaban en la mañana, después de la misa, y
en la tarde, después de la novena. Por entre los árboles los novios bebían los libres aires
de la República y las luces del hogar chileno. Al frente, en casa de corredores, los cafés
de mesitas y asiento tenían música y canto, y hasta improvisadores que hacían sátiras
sobre caudillos y generales, priores y abadesas. En el costado sur quedaban las casas de
grandes parrales, bajo cuyas verdes hojas celebraban “ los picholeos” y jaranas los
mozos santiaguinos, y sus meriendas las personas graves que no podía ir al parral de
Gómez o a las sombras de las higueras del Tuerto Trujillo.
En esas quintas de la calle Duarte, a un paso de la Alameda, estaban los mejores
rabelistas, arpistas y cantoras de tonadas y zambas nacionales.
Las delicias se iban acollarando por un extraño destino, desde que encontraron allí los
prisioneros del Maipo unalivio para sus trabajos forzados, hasta los tiempos en que el
romanticismo exaltó las pasiones de los hombres y convirtió el paseo en un camino de
glorias y experiencias.
Su prestigio legendario suele recobrarlo en noches de Pascua y de Año Nuevo, cuando se
transforma en una cinta de fiesta con sus puestos y ramadas, fondas y ventorrillos, en
los mismos sitios donde antiguo lo establecieran las ordenanzas para las chinganas”
desde la esquina abajo de la Moneda hasta el Colegio de San Agustín”.
Y en esta fascinante miscelánea de los escaparates llenos de alfarería liliputiense, de los
vasos blancos de horchata “con malicia”, de los ramitos de albahaca, suspirosos y
tiernos, de la música de “guaraguas” y el viento tricolor, donde la vieja Cañada de San
Francisco desvía a la Alameda de las Delicias para tornar al regazo encantado que la vio
nacer.
Fuente:
Libro “Santiago Calles Viejas” de Sady Zañartu


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